2011. Celebración de San Isidoro. El origen de estas fiestas.

26 mayo 2011

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 El pasado día 19 de mayo conmemoramos la festividad de San Isidoro de Sevilla, patrono de los Departamentos lingüísticos y afines. Con ello cerramos el ciclo anual de encuentros trimestrales festivos del profesorado del IES Blas Infante: San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino  y San Isidoro de Sevilla, pues nuestro Centro que es laico, como buen centro laico, celebra tres santidades.

 Estos encuentros hoy se han convertido en una tradición asumida por todos y forma parte de nuestro ciclo académico más allá de los programas y planes de estudio oficiales y “oficiosos” que en él se imparten; pero ¿se conoce su origen y su significado originario….?

 Pues bien, a apunto de convertirme en un “histórico”, que es lo que siempre he soñado, me voy a permitir el lujo de contar, de primera mano, su origen:

Corrían los vientos del inicio del Curso 1992-93 -año de la Olimpiada de Barcelona y de la Expo de Sevilla y curso en el que por primera vez asumí la Dirección de nuestro Centro; pues bien, al hacerme cargo de él, asumir como una prioridad de mi gestión el intentar mejorar las relaciones humanas entre los componentes del Claustro de profesores, limar las aristas y asperezas que en él existían pues la convivencia entre los componentes de la Comunidad del antiguo I.B. Blas Infante, verdaderamente dejaba mucho que desear, y, benévolamente, podría calificarse de francamente mala, con situaciones que muchas veces rayaban en lo kafkiano y, la mayoría de las veces, en lo ridículo.

 José Manuel Puentedura, profesor de Física y Química, años atrás, me había contado que en un Instituto que él había estado tenían la costumbres de celebrar trimestralmente una comida entre el profesorado; pues bien, tomando esa idea pensé que la introducción de una medida similar en el nuestro podía contribuir a hacerlo más habitable, pero ¿cómo lograrlo si la mitad del claustro no se hablaba con la otra mitad y ambas mitades no se aguantaba ni a ellos mismos…?

Ese año, nuestra ínclita y benefactora Administración, en su vorágine modernizadora -¡oh tiempos, oh costumbres…! diría Cicerón-  había tenido la brillante y luminosa idea de suprimir la celebración de todos los santo patronos: San José de Calasancio (EGB), Santo Tomás de Aquino (IB), San Juan Bosco (Profesional) etc. unificando todas las celebraciones en una sola fiesta denominada ostentosa y pomposamente: Día de la Educación. Esta medida sentó muy mal en determinados estamentos docentes, muy especialmente en el Cuerpo de Enseñanza Secundaria. Era un paso más a la consecución del Cuerpo Único Docente, decían los apologetas de esta medida modernizadora.

Pues bien, en este ambiente de descontento, que lo era por otros muchos motivos que no viene al caso narrar, pensé que, tal vez, podría llevar a cabo la celebración de las comidas trimestrales vinculándolo a la celebración de la festividad de un patrono, de esos que se pretendía extinguir: El día de San Alberto Magno, que el profesor Laureano Pérez Cacho, Jefe del Seminario de Ciencias, siempre celebraba invitando al resto de los profesores a tomar un café, sería a partir de entonces el patrono de los departamento científicos y afines, lo que justificaría una primera comida de hermandad en el primer trimestre; Santo Tomás de Aquino, en el segundo, lo sería de los seminarios de Historia, Filosofía, etc.;  pero ¿y para el tercer trimestre…?

He de confesar que –teniéndolo ante nuestras narices- no fue fácil encontrar en el santoral el ¡eureca! de nuestro difícil dilema: Un santo para el área lingüística que se celebrase en el tercer trimestre. La alegría fue enorme cuando caímos en San Isidoro de Sevilla que, por aquello de que había escrito Las Etimologías y su onomástica se celebraba en el tercer trimestre, era el más adecuado para patrocinar a los lingüistas.

 En suma, que si la Administración no quería un celebración canóniga, el Blas Infante tendría tres. Así pues, procedimos, en primer lugar, a dividir los Departamentos entre las tres santidades a fin de que hubiera homogeneidad y, en segundo, lo que era más difícil, a hacer que la idea fuera bien acogida entre los compañeros.

 Como proponer este proyecto desde la Dirección del Centro podría provocar en el claustro rechazo pensé que era mejor que esto fuera una iniciativa que saliera del propio profesorado, por lo que traté el asunto con José Manuel Puentedura, con Virgilio Martín (profesor de Latín) y con Dionisio Ortiz (profesor de Matemáticas) para que fueran ellos los que tomaran la idea y la llevara a cabo, lo que así hicieron con gran éxito.

Como el responsable del Bar por aquellos tiempos era una persona con unas capacidades muy limitadas y a lo más que llegaba era a poner café, servir una cerveza y vender chucherías, organizamos las primeras comidas de la siguiente manera: Cada profesor traería de su casa un plato especial y un postre, el reposero ponía la cerveza y el café y alguien del los departamentos que organizaban el ágape, se encargaba el traer vino y los gastos de las bebidas se pagaban entre los profesores que invitaban. Los manjares que se traían se ponían a degustación de todos por lo que se produjo una sana rivalidad en destacar trayendo delicatesen cada vez más elaboradas y exóticas. Fueron estos primeros encuentros culinarios sorprendentes por la gran variedad y calidad de las comidas que se traían.

 Pero el traerlas de casa ofrecía algunos problemas por lo que se buscó la comodidad de buscar a alguien que se le encargase de hacerla y su gasto se prorrateaban entre los profesores que invitaban: Así, en primer lugar, se encomendaron las comidas al repostero del bar de la parroquia de Fátima; y, posteriormente, descubrimos a Eduardo que tenía un bar frente al Instituto.

 En estas ocasiones los departamentos afectados se reunían previamente y acordaban el menú y la cantidad a aportar por cada uno de sus miembros, siempre pretendiendo sorprender y superar a los compañeros que les habían precedido. Este procedimiento era mucho más cómodo, pero generó un nuevo  problema: el número de miembros de los departamentos que componían cada festividad, no era homogéneo y, por consiguiente, el costo del  banquete de cada festividad variaba de una festividad a otra, haciéndose para unos más onerosos que para otros, por lo que hace tres años se determinó fija una cantidad a principio de cursos, que recogería y gestionaría el Secretario, la misma para todos, y con ella pagar al repostero las tres comidas del año. Este procedimiento tiene la ventaja de la comodidad y de la igualdad económica, pero ha hecho perder el encanto de las reuniones previas preparatorias de la festividad y el de sentirse partícipe de la efemérides y no un ser un mero usuario y espectador de algo que otros organizan.

 Y esa es la historia de esta peculiar tradición del I.E.S. Blas Infante. Si con ella se ha contribuido o contribuye al fin para el que se propuso no seré yo quien lo valore, pero el que se siga manteniendo después de tantos años, habla mucho a su favor.